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Relatos de Terror VII

 DEBAJO DE LA PIEL

Para cuando anocheció, yo ya estaba observándola. Estaba de nuevo sentada, bebiendo un bloody mary, y jugueteando con un dedo en el licor. Se veía como ella misma: atractiva, contradictoria y, sin duda, misteriosa. Volteé a la cara hacia otro punto de la oscuridad. La gente caminaban por las calles protegiéndose del frío nocturno y de las alcantarillas salía vapor como si el fuego del infierno ardiese bajo nosotros. Sólo que yo no podía sentir ni frío, no calor, ni nada más. Sólo ese inexplicable fuego en el pecho cuando la veía.
Y, sin embargo, ella seguía tranquila, sentada ahí.

Sin quererlo, fui volteando hacia ella, otra vez. Era eso. No podía apartarla de mis ideas, de mis pensamientos, de mis actos. Ella, una mujer mortal. Cada noche pasaba por el mismo club, se sentaba sola ó se dejaba acompañar por quien anduviese con ánimos de hablar. Y fue precisamente buscando una víctima que la encontré. No sé si se llama destino ó azar, pero cuando me paseaba entre el rebaño mortal, fingiendo ser uno de ellos, caminando como si fuese invisible y casi deslizándome sin ser notado, la vi. Todo se detuvo durante ese momento y pude olvidarme de mi propia sed.
Ya eran tres semanas de eso.

Cada noche venía aquí, a las cercanías del club, para admirarla por una ventana. No es que no tuviese lo que hacía falta para acercármele. De hecho, cuando tienes seis siglos de vida, ya has seducido a una buena cantidad de personas. Pero esto era tan… diferente. Tal vez me encantaba porque no era un juego. Ella no era la clase de mujer a la que me le acercaría para entretenerme y luego nutrirme de ella. Ella era perfecta, aún más que las féminas de mi propia raza maldita. Y lo único que me impedía hablarle era su condición.

Era mortal.
No sabía qué hacer con respecto a eso, pero sin duda era un problema. No podía acercármele y pretender una relación cuando sólo puedo verla cada noche. ¿Qué tal si deja de venir al club y no vuelvo a verla? También existía la posibilidad de que surgieran las dudas dentro de ella e inevitablemente me preguntara sobre mí. Una mujer como ella no se dejaría sorprender por cosas que las demás no entenderían: por seis siglos de cabalgar en medio de la noche, de conspiraciones nocturnas, seis siglos de matar para poder vivir, seis siglos de melancolía. Pero tampoco podría ignorar lo que soy. Tal vez pudiese explicarle que esto no lo escogí yo, es mi carga, mi condena, yo no pedí nada así.

Entonces ella sentiría algo de miedo por mí. Nada le podía garantizar su seguridad cuando andaba junto a un ser como yo, que dejó de respirar mucho antes de que sus propios padres nacieran. E imaginemos que ella no sienta horror ó no desee alejarse de mí. ¿Entonces qué? Un par de años para estar con ella, verla envejecer y, un buen día, verla morir.

Y, entretanto, yo seguiría igual, con esta apariencia de joven eterno, de inmortal. ¿Condenarla y hacerla como yo? La mera idea me hizo soltar un quejido en voz baja. Lo más doloroso era que la amaba. Por eso no podía convertirla en alguien como yo: esto no es un regalo, no es una bendición. Es soledad y vacío.

Cuando eres un ser como yo, sabes qué es en verdad hermoso y qué vale la pena en verdad, con sólo verlo una vez. Y yo lo estaba viendo ahora. Tenía miles de preguntas que hacerle, miles de cosas de qué hablarle y, sin embargo, cuando la veía todo se me olvidaba. Quedaba reducido a nada cuando ella estaba ahí. Si mi corazón pudiese latir, habría roto mi pecho.

Pero nada de que yo pudiese hacer me podría salvar de mí mismo. Porque ahí estaba yo, caminando hacia el club, ignorando las gotas de lluvia que empezaban a caer sobre mi gabardina. Abrí la puerta del club y entré. Un ser inmortal como yo, que perdía el habla ante una mortal. Si me lo hubiese pedido, habría muerto por ella esa noche.

De cerca, era brillante, como si estuviese rodeada de aura. Era una mujer fuerte y no se impresionó por mi palidez cuando llegué a su mesa. Ella levantó sus ojos oscuros hacia mí, arregló su cabello negro con una mano hacia un lado. Por un momento creí que iba a decir algo, pero no lo hizo. Miré sus pequeños labios y no hubo ningún movimiento, ninguna alteración.

¿Alguna vez has mantenido una conversación sólo con miradas? Pues esto era eso, mucho más poderoso que las palabras, extraordinario y sublime. No sé si se dio cuenta de que la estaba mirando completamente, grabando en mi memoria cada detalle de su piel blanca, cada gesto, cada facción. En ese momento, que pudo ser segundos, ó pudo durar una eternidad, me sentí otra vez vivo. Noté que su ritmo respiratorio empezaba a aumentar y que se estaba asustando por mi presencia, que no dejaba de ser sobrenatural, pero cuando iba a decir algo ó a moverse, puse, suavemente, mi dedo índice en su boca. Al segundo siguiente, mi mano acariciaba su rostro.

Ella cerró los ojos con delicadeza, tal vez dejándose llevar por el momento… o quien sabe por qué. Quise decirle lo mucho que me conmovía estar a su lado, lo mucho que me enloquecía la idea de perderla y que se fuese, que ya no pudiese verla más y que se olvidara de alguien que, en realidad, es un hombre muerto. Pero no quería jugar con el momento. La conversación visual, espiritual, basada únicamente en sentimientos, pareció hacerse más intensa. Si los ángeles existen, debían sentirse así… tan cercanos a Dios.

Me levanté de la mesa y salí del club sin dejar de mirarla, con la certeza de que me seguiría. Y así lo hizo. Me siguió hasta la oscuridad, bajo la lluvia. Su cabello mojado realzaba su belleza. Caminó hacia mí y nos vimos frente a frente.

Estaba tan llena de dudas, de preguntas, pero no hizo ninguna. Volví a acariciar su rostro y, casi sin pensarlo, la abracé. Su cuerpo respirante accedió a estar entre mis brazos. Si ella no sintiese algo ¿Estaría actuando como actuaba conmigo en ese momento? La lluvia pareció detenerse durante ese abrazo. Las gotas se paralizaron en el cielo, se callaron las voces y los ruidos de la calle. Éramos sólo ella y yo. Era perfecto. Diez razones para estar vivo, que se resumían todas a una, que estaba entre mis brazos, protegida de las gotas suspendidas. Nos separamos del abrazo y, teniéndola así, con su rostro tan cerca del mío di gracias en silencio por ese momento, un momento que no habría cambiado por ninguno de los anteriores en 720 años. Sin darme cuenta, una gota roja se deslizó por mi pálido rostro de mármol.

Una lágrima, salida de mi ojo izquierdo, manchada con el líquido que necesito para despertar, como todos los demás fluidos de mi cuerpo. Ella tomó la lagrima en uno de sus dedos y sus ojos se bloquearon en los míos. Supe (no sospeché ni presentí, lo supe) que se sentía asustada y, a la vez, confiada.

Como impulsado por una mano invisible acerqué mi rostro al suyo y terminamos fundidos en un beso, inmortal, infinito. Habría congelado todo el mundo, toda la historia, sólo para permanecer junto a ella en ese instante, por toda la eternidad. Cuando mis labios se separaron de sus suaves labios, deslicé mi boca hasta su oído.

– Te amo…, susurré
Toda mi vida se había reducido a ese momento. Corrí lentamente mis labios hasta su cuello e, impulsado por la bestia que llevan por dentro los de mi especie, la mordí.

Dio un corto quejido, pero apretó mis brazos con sus manos. Su sangre era como ella misma, intoxicante, estaba dentro de mí, debajo de mi piel, detrás de mis ojos… en mi garganta, en mis dedos, en mis labios, adentro de mi pecho. Es trágico tratar de explicar un sentimiento que no puede ser explicado con palabras. Mi corazón volvió a latir, por la sangre cálida y dulce de mi amada y nuestros corazones empezaron a latir tras el mismo ritmo. Hasta que llegó el momento en que el latido de su corazón empezó a debilitarse. Separé mi boca de su cuello y caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Me maldije por un momento, con la cara hacia un lado, pero ella me sujetó entre sus manos y me hizo mirarla a sus ojos hipnotizantes.

– Yo… lo siento much…, empecé a decir
– Shhh? dijo ella

El mundo seguía congelado y no era importante. Era como esas veces en las que sólo existes tú y esa otra persona. Nada de lo que hubiese pasado más allá de nuestra cúpula de cristal tenía significado.

– Eres un ángel, susurró
– No lo sé. ¿Son los ángeles incapaces de amar?
Ella pensó la respuesta por un momento.

¿Cuál es la diferencia entre el amor mortal y este amor que sentía yo? Ninguna. No necesitas ser inmortal para sentir lo que yo estaba sintiendo, una poderosa emoción en la que la voluntad y el sentimiento son la misma cosa.

– ¿Qué… quien eres?, preguntó
– Sé que temes a que te haga daño… pero al mismo tiempo estás aquí, impulsada por quién sabe qué. Y quiero que sepas que moriría antes de hacerte daño.
Y miré la herida en su delicado cuello.

Nuestras manos estaban agarradas, pero las solté, con un dolor que era casi físico. La había mordido y, por un momento, me había alimentado de ella. No podía arriesgarme a hacerlo de nuevo. Para ella estar conmigo era peligroso, para mí estar sin ella era mortal. Pero no podía permanecer ahí, siendo una amenaza, mientras ella estaba débil. Empecé a marcharme, en la oscuridad.

– Volverás a verme, le dije, moviendo los labios, pero sin emitir un solo sonido, con su sabor corriendo por todo mi cuerpo y sus manos tatuadas en mi piel..

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CLAUSTROFOBIA

 

CLAUSTROFOBIA

La cueva, ante sus ojos, parece tener un raro poder hipnótico.
La entrada es poco más alta que el tamaño medio de un ser humano. Quizá un metro noventa, o quizá menos…
Pero Toño se siente irresistiblemente empujado a entrar en ella.
Algo, en su interior, grita desesperadamente. Le previene de que no debe traspasar el umbral de piedra.
Toño vacila.
Da un paso.
Luego otro vacilante, luego otro más seguro…
Finalmente, penetra decididamente en el oscuro agujero.

El interior no es tan oscuro como él temía. Avanza entre un olor dulzón a tierra húmeda. Las paredes, efectivamente, rezuman humedad, minúsculas gotas que resbalan lentamente, como perezosas lagartijas, roca abajo, hasta ser absorbidas por la tierra que tapiza el suelo de la cueva.
El pasillo se alarga, entre curvas suaves. Toño nota que sus cabellos rozan algo. Es el techo de la cueva. Parece como si el techo estuviera cada vez más bajo. Quizá el pasillo se estrecha paulatinamente a medida que se prolonga…
Esa sola idea basta para atenazarle el corazón. Su corazón, débil y enfermizo de por sí… un corazón aprensivo que no resiste la idea de cuatro paredes cerradas…
¡CLAUSTROFOBIA!
Esa es la palabra…
Y en ella refleja todo su temor. Un temor formado por una parte de morboso placer, que le empuja a seguir adelante por el corredor de piedra a sabiendas de que las paredes son cada vez más estrechas y el techo y el suelo se hallan cada vez mas cerca…
La fuerza invencible sigue empujándole adelante, aunque ahora debe caminar ya agachado…
La luz disminuye. Debería haber desaparecido ya, pero aún basta para vislumbrar levemente el camino que se extiende serpenteante ante él. Un brusco descenso del techo. Toño tiene que caminar sobre sus rodillas y sus codos para seguir avanzando.
Aquella depresión del techo pasará pronto… tiene que pasar… y luego podrá seguir caminando normalmente, erguido, quizá incluso se halle en una caverna natural con estalactitas y estalagmitas… Una foto de las Grutas de Cacahuamilpa pasa fugazmente ante sus ojos.
Respira fatigosamente, con una extraña opresión. El esperado ensanchamiento no llega. En vez de eso, el paso entre las paredes de piedra es cada vez mas angosto, obligándole a arrastrarse como una serpiente para seguir avanzando, empujado por alguna extraña e incomprensible fuerza…
Asustado, Toño se da cuenta de que ya no tiene espacio ante él. El corredor, angosto como una conejera, termina bruscamente ante la piedra que forma el corazón de la montaña, como si algún desalentado ingeniero hubiera dejado su trabajo e medio terminar…
Claustrofobia…
El asfixiante terror a los espacios cerrados hace presa en él.
Debe volver atrás, rápidamente, ganar la salida, el cielo azul, el aire fresco, la,…
No, no es posible.
¿Por qué no puede retroceder?
Sus manos se apoyan fuertemente en el suelo a fin de intentar impulsarle hacia atrás… pero es inútil.
No puede moverse. Por lo menos, no con ayuda de las manos.
Entonces son las rodillas las que, desesperadamente, tratan de constituirse en punto de apoyo para impulsarse hacia atrás. Pero sólo consigue desgarrarse la tela del pantalón y desollarse la piel.
No puede moverse. Está clavado en el suelo, con la roca sobre su espalda, bajo su pecho, ante su cabeza y quizá, muy posiblemente, detrás de sus pies…
Como una película, un brutal zoom hacia atrás le hace ver a si mismo prisionero en una inmovible cárcel de piedra, con toneladas de piedra sobre él y debajo de él, por delante, por detrás, como si ahora también él formara parte de la montaña que le ha aprisionado en sus entrañas…
Abre la boca.
Llena sus pulmones de aire viciado, húmedo, oscuro, con sabor a tierra. Un alarido desesperado, desgarrador, salvaje, brota de su garganta.

-Toño… por Dios, ¿qué te ocurre?
La mano de Ana, fuertemente, le sacude.
El final del alarido sale, agonizante, de sus pulmones.
-Toño… ¿qué tienes?
Mira a su alrededor. Un armario, un rectángulo de luz que viene de la calle. Lo único que toca su cuerpo es la ropa del pijama, y encima de ella la de la cama.
Ana, preocupada, le mira con cierta inquietud.
-Ha sido ese sueño otra vez, ¿verdad?
-Si… el horrible… ¡me moriré si sigo soñando eso! Mi corazón… no lo resistirá…
-Tranquilízate, cariño… mañana volveremos otra vez a ver al cardiólogo.
Y, si es necesario, a un psicoanalista. Pero tienes que dejar de soñar esas cosas horribles…
-¿”Esas”, dices? No, Ana… Sólo hay una pesadilla… sólo una… siempre la misma…

El médico retira los cables, que se han calentado al contacto con el cuerpo de Toño.
Luego, tira de una larga hoja de papel y observa los grafismos de cordillera que la cabeza lectora ha impreso en ellos.
-Tenemos que cuidarnos, amigo- dice, empleando ese “nos” tan característica y paternalista de los médicos.
-¿Estoy peor?
-Bueno, no es eso exactamente… pero no hay mejoría, que es lo que nosotros esperábamos. Ese corazón está muy fatigado…

-Toma… aquí tienes las gotas…
Toño, obedientemente, las toma mientras Ana acaba de abrocharle la chaqueta del pijama y pasa cariñosamente los dedos por la piel de su pecho.
-No te desmoralices, ¿quieres? No me gusta verte deprimido…
Toño asiente, en silencio. Su frente se puebla de un sudor frío. Acaba de presentir que volverá a tener la pesadilla.
Se tumba en la cama, se arropa, aprieta las sábanas en torno a su cuerpo como para protegerse de un enemigo invisible y viscoso que caerá sobre él en cuanto Ana apague la luz de la mesilla de noche…

La cueva. La oscuridad.
Olor a humedad, un pasillo cada vez más angosto… piedras que aprisionan su pecho, su espalda, toso su cuerpo…
Un alarido. Otro más. El último.

Ana, sobresaltada, toca el cuerpo de Toño. Rígido, frío. Sus ojos están clavados en el techo, como si éste se hubiera movido, como si hubiera bajado para aplastarle…
Su corazón no late desacompasado como es habitual después de su pesadilla. Ana aplica el oído al pecho de Toño. Nada. Silencio. Su corazón se ha detenido.

Todo es oscuro. Toño abre los ojos. La pesadilla otra vez…
Sigue el olor a tierra, y el olor a humedad. Intenta mover los brazos, pero no puede. Quizá con las rodillas…
Pero, como es habitual, tampoco las rodillas sirven.
Tendrá que gritar para despertarse y acabar con aquella horrible angustia.
Abre la boca. Va a gritar. Pero, de repente, algo cruza su mente.
Hay algo distinto. ¿Qué es?
La posición… no está boca abajo, como cuando lucha desesperadamente para salir del túnel.
No. Está boca arriba. Boca arriba…
Y hay otro olor. Un olor nuevo, aparte de la humedad, la tierra… un olor a madera.
A madera recién barnizada.
Toño adivina que el barniz es de color negro. Y advierte ahora el movimiento exterior… un movimiento de balanceo…
Un golpe brusco. Es el final del viaje. Algo blando cae sobre él, sin tocarle, pero Toño oye el ruido, nota la vibración. Olor a tierra Húmeda, recién movida…
Intenta gritar, pero ningún sonido sale de su garganta. Y las paletadas de tierra, lenta e inexorablemente, caen sobre la tapa de su ataúd mientras Toño desgarra sus uñas contra la madera, en un salvaje e inútil intento por sobrevivir…
Su palabra terrible, claustrofobia, se une ahora a otra mucho más terrible aún: catalepsia…
¿Por qué no esperaron un poco entes de enterrarlo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? …